A raíz de la invasión rusa de Ucrania, los países del bloque occidental se han puesto de acuerdo para castigar a Rusia por una vía que no implica balas ni misiles: la de las sanciones económicas. La Unión Europea, Estados Unidos y otros países afines han impuesto un severo correctivo a Rusia por la escalada bélica en Ucrania, pero evitando entrar en un conflicto abierto con una potencia nuclear. Las consecuencias para Moscú a esas sanciones se verán completamente en un plazo más largo, pero Occidente también se verá afectado, como el alza de precios que ya se está notando, aunque expertos consultados vaticinan un impacto más limitado.


El presidente de Rusia, Vladimir Putin.

El bloque occidental ha tomado medidas tan drásticas como expulsar a la mayoría de los bancos rusos del sistema de pagos internacional Swift, congelar la mitad de las reservas del Banco de Rusia, cerrar sus espacios aéreos a la aviación comercial rusa, limitar las exportaciones con el país o bloquear sus canales de propaganda. Estados Unidos y el Reino Unido han ido un paso más allá e incluso han llegado a vetar la compra de petróleo procedente del país a sus empresas. 

Esta serie de movimientos coordinados ya está teniendo consecuencias drásticas para Rusia, pero no han logrado frenar las ambiciones de Putin en Ucrania. Para entender un poco mejor qué se puede esperar de la guerra económica y qué implicaciones tiene para todas las partes, 20minutos ha conversado con dos especialistas en la materia.

«Son unas sanciones muy extensas y atrevidas. Se desvían de lo que suele hacer la UE y han sido adoptadas con mucha celeridad», explica a este diario Clara Portela, profesora de la Universitat de Valencia (UV) y especialista en sanciones multilaterales. «Además, revisten una severidad prácticamente inédita», añade.

¿Qué se pretende conseguir?

«Lo que se quiere impedir es que Rusia tenga la capacidad de acceder a sus recursos. Que no puedan usar esos recursos económicos, las reservas de divisas para financiar la guerra», sostiene Carlos Balado, profesor en la OBS Business School y director de la consultora Eurocofín. «Se trata de cortar la capacidad de maniobra y que la población asuma que el coste de la guerra les va a afectar, que se van a empobrecer», agrega.

Puede parecer que el objetivo último de la guerra económica es disuadir a Putin de su campaña en Ucrania, pero este resultado no parece probable. «Se puede pensar que lo que se intenta es modificar las decisiones del Kremlin y no es así. No se trata de que el Kremlin vaya a cambiar de opinión, de hecho lo que podemos esperar es lo contrario», explica Clara Portela.

«Son unas sanciones muy extensas y atrevidas. Se desvían de lo que suele hacer la UE y se han adoptado con mucha celeridad» 

Para esta especialista, se pueden hacer dos grandes lecturas de la situación. La primera es que las sanciones pretenden que las élites que rodean a Putin le retiren su apoyo al verse asfixiadas económicamente. «Cualquier autócrata necesita apoyos dentro de las élites. No se mantiene en el poder gratuitamente», destaca Portela. «El apoyo de las élites no es incondicional, pero sí es imprescindible», apostilla.

Otro planteamiento es que las represalias económicas pueden ayudar a desmontar la narrativa antioccidental que el Kremlin esgrime ante los ciudadanos rusos. «Es más difícil que la opinión pública [rusa] asocie estas sanciones con un intento de socavar a Rusia porque sí, por una especie de sentimiento antiruso. Evidentemente, están muy vinculadas a las operaciones militares en las que están muriendo civiles sin ser combatientes», explica Clara Portela. 

Putin observa la escena en la sala de reuniones del Kremlin a la espera de recibir al presidente bielorruso, Alexander Lukashenko
Putin observa la escena en la sala de reuniones del Kremlin a la espera de recibir al presidente bielorruso, Alexander Lukashenko
MIKHAEL KLIMENTYEV / EFE

¿Están funcionando ya?

A juzgar por las informaciones que se van conociendo, las sanciones ya están teniendo un fuerte impacto sobre la economía rusa. Justo después de que la mayoría de bancos rusos fueran expulsados de Swift -un sistema de comunicaciones bancarias fuera del cual es prácticamente imposible operar internacionalmente- el rublo se hundió y el Banco de Rusia duplicó los tipos de interés al 20% para frenar la sangría. Putin también ha impuesto un corralito para evitar que los ciudadanos vacíen de dólares los bancos y cada vez son más las previsiones que apuntan a que Rusia podría incurrir en un impago de su deuda en los próximos meses.

Sin embargo, todavía es pronto para apreciar todo su potencial. «Hay que esperar todavía. Esto va a ir poco a poco. Las medidas entrarán en efecto en los próximos días, pero cuando entren, el efecto va a ser inmediato», apunta Carlos Balado. «Ahora, Rusia no puede movilizar sus reservas para financiar la guerra», añade.

«Para medir la eficacia lo primero que hay que determinar es qué objetivo persiguen [las sanciones]», defiende Clara Portela. «Si se trata de contrarrestar la agresión de Rusia a un Estado soberano que no ha provocado de ninguna forma esa agresión, en principio su mera imposición ya está cumpliendo su objetivo», expone, por su parte, Clara Portela.

¿Tendrán las sanciones un efecto ‘boomerang’?

Uno de los grandes peligros que acarrean las sanciones es que también dañan de alguna forma a quien las pone en marcha. «Es cierto que quien impone las sanciones también las sufre. En el momento en que las relaciones comerciales entre dos países se restringen, sufren los dos», señala la docente de la Universitat de Valencia. No obstante -apunta la experta-, cuando se toma esta decisión los Estados son conscientes y «están dispuestos a pagar ese precio». 

«Es cierto que quien impone las sanciones también las sufre. En el momento en que las relaciones comerciales entre dos países se restringen, sufren los dos»

El coste que afronta el bloque occidental por las sanciones, de momento, no es tan elevado como el de Rusia. Carlos Balado destaca que las consecuencias se notarían sobre todo en un aumento en los precios de las materias primas, pero apunta que las relaciones comerciales en cuanto a exportaciones no son muy estrechas. «No son tanto las sanciones, sino el hecho de que haya una guerra», resume. Para Balado, las represalias que pueda tomar Putin dañarían mucho más a su propio país. «Rusia entrará en recesión, en default [impago de la deuda] y en colapso», concluye.

Lo cierto es que aplicar sanciones tan duras como las que ha implantado Occidente entraña otros riesgos. Aislar la economía de un Estado puede favorecer, precisamente, esa autarquía que se pretende combatir. Además, expulsar a Rusia del comercio con Occidente puede estrechar más todavía sus lazos con China y acentuar la división del mundo en bloques separados. Países como Irán o Venezuela, que también han sufrido el impacto de fuertes sanciones occidentales, podrían alinearse con ellos.

Otro de los reversos peligrosos es que el daño que causan en la vida cotidiana de los ciudadanos del país sancionado puede volver a la población en contra de los sancionadores. Así, las represalias pueden acabar acercando más a la población al Gobierno que se pretende debilitar.

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