«Le ha llegado la hora de la verdad, señor Casado», dijo Pedro Sánchez tras las elecciones en Castilla y León. ¿Cuál era la verdad de esta hora? La que los votantes expresaron en las urnas y se ha ido confirmando en las semanas siguientes. Un resultado horrible para Ciudadanos, abocado a la desaparición quince años después de que lo fundara Albert Rivera. Un resultado paupérrimo para Podemos, que perdió la mitad de su escuálida representación. Un resultado deprimente para al PSOE, que sufre un grave derrame en un órgano vital: su red histórica de sismógrafos, afiliados y representantes en cada uno de los municipios de España.


Juan García-Gallardo y Alfonso Fernández Mañueco presentan el acuerdo de legislatura entre PP y Vox, este jueves en Valladolid.

¿Y para el PP? Pues ya se sabe, y lo sabe mejor que nadie el difunto Casado, que soñó esas elecciones como una catapulta a la Moncloa: el PP ha hecho un pan como unas tortas y ha quedado uncido al yugo (y las flechas) de una organización donde el franquismo más rancio convive con el populismo más feroz. La derecha democrática europea ha hecho notar su estupor. Por más que el líder naciente, Feijóo, se parapete en un pueril «yo no he sido» y señale como culpable al PSOE (planteamiento tan surrealista como culpar al PP del pacto del PSOE con Podemos) y por más que Mañueco se muestre orgulloso de lo que ha hecho, como si fuera la vuelta a casa del hijo pródigo, este maridaje es de difícil digestión en una Europa unida, más que nunca, en la defensa de los valores democráticos.

La verdad de la hora es que ese pacto puede crear problemas no solo al PP, sino al propio sistema de convivencia. Y otra verdad, ya puestos: Feijóo parece propenso a ese mal del siglo que es la demagogia fake. Cuando dice que «el Gobierno se está forrando con el incremento de la luz y la gasolina» olvida una tercera verdad, de resonancias bíblicas: quien siembra vientos recoge tempestades.

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