Rosa López fue bautizada como Rosa de España sin que nadie le preguntara. Porque en el éxito instantáneo no hay tiempo para hacerse preguntas. Porque ni siquiera los protagonistas tienen respuestas. Esta noche, con Jordi Évole, López ha hablado de cómo cambió su vida el día que se presentó a un concurso de cantantes que nadie sabía muy bien si iba a funcionar o no. De hecho, los gurús de la época creían que iba a ser fracaso asegurado.

No es la primera vez que Rosa reflexiona sobre el asunto, ya lo hizo con Bertín Osborne, ya lo hizo en el reencuentro  del quince aniversario de OT en TVE. Rosa López vivió una fama tan bestial que, todavía hoy, sigue teniendo que contestar sobre cómo descola ser la favorita del talent show más visto de la historia de la televisión española. Nunca dejaremos a Rosa pasar página, pues nunca más se repetirá un fenómeno así. 

‘OT 2001’ fue la última vez que se sentaba frente al televisor una audiencia que reunía a todos los estratos de la sociedad española. Todos. Y, al final, la charla de Évole con López es una reflexión sobre paso del tiempo y de la pérdida de inocencia. Sobre personajes televisivos que son muy de carne y hueso. Y la industria televisiva y musical, a veces, se olvida. 

Rosa recuerda lo que vivió, pero nosotros, inevitablemente, también al verla recordamos quiénes éramos en 2001, dónde estábamos, con quiénes veíamos aquellas galas… Rosa es parte de nosotros y de cómo nos hemos hecho mayores en los últimos veinte años. Complicado permanecer impasible ante su relato, sobre cuando dice: «llegué a pensar que había ganado el programa por pena», reconoce en ‘Lo de Évole’ . Pero no, ahí Rosa se equivoca: ganó el programa porque transmitía verdad. El espectador empatizaba con ella porque la veía crecer frente a sus ojos. No era perfecta, era sencillo identificarse con su aprendizaje, con sus logros, con sus aspiraciones, con sus frustraciones.

Si Rosa López progresaba, a la vez, el público sentía que progresábamos todos. Todos juntos. Porque Rosa López era uno de los nuestros. De un barrio humilde que podía ser el de nuestra ciudad. En una televisión tan prefabricada, su vida en la academia no tenía dobleces. Su talento era objetivo, su personalidad aplastante, su autenticidad transparente.

Pero una fama tan masiva también genera una resaca de éxito igual de feroz. Nadie está preparado para digerir aquella televisión que rodeó a la primera generación de OT. Y siempre, para todos, es difícil vislumbrar cuál es el camino. Más difícil todavía cuando te han hecho creer que ya has tocado el cielo. Y sólo tienes 20 años.

La Rosa López entrevistada por Jordi Évole no es la misma que en 2001. Si fuera la misma, tendría un problema. Aunque hay un detalle que no ha cambiado: Rosa sigue atesorando el mismo magnetismo que cuando la conocimos. No se da cuenta, pero persiste su excepcional verdad que no se puede interpretar, que no se puede diseñar. Ha perdido inocencia, claro. Por eso mismo, continúa siendo una de los nuestros: Rosa López no ha dejado nunca de representar los estados de ánimo de la vida. Porque la vida no es una línea recta. Porque en la vida no hay ninguna meta con las incógnitas resueltas. Sólo es un recorrido en el que Rosa ha dado con un superpoder, que ha indicado al propio Évole: relativizar las expectativas.

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