La esclerosis lateral amiotrófica (ELA) es una enfermedad neurológica que daña las células nerviosas de la médula espinal y el cerebro, provocando una pérdida de músculo y una debilidad generalizadas. Aparece sin aviso previo, normalmente entre los 55 y los 75 años, y termina por impedir a la persona afectada comer, moverse, hablar o respirar. Habitualmente, la muerte se produce entre los tres y los cinco años siguientes al diagnóstico.

Durante años, los investigadores han buscado sin éxito encontrar la causa de la patología. Sin embargo, ahora un estudio ha encontrado una relación entre jugar a un deporte determinado y el riesgo de desarrollarla, lo que podría acercar un poco más a conocer sus verdaderos orígenes.

El fútbol americano incrementa el riesgo

No es la primera vez que se identifican factores de riesgo para la ELA. Ya anteriormente se había encontrado que uno de cada diez casos de la enfermedad (que es, por cierto, bastante poco frecuente: afecta a dos de cada 100.000 personas) está relacionado con determinadas anomalías genéticas. También se sabía que tienen mayor riesgo de sufrir la enfermedad las personas que fuman, que están expuestas a ciertos pesticidas, que han sufrido determinadas infecciones, que han sufrido lesiones capaces de impedir la vida diaria en el pasado, que se han sometido a niveles muy altos de ejercicio físico y las que han recibido traumatismos importantes en el encéfalo.

Esta vez, un artículo publicado en la revista científica JAMA Network Open ha calificado el practicar profesionalmente fútbol americano como un nuevo factor de riesgo para esta misteriosa enfermedad.

Para llegar a la conclusión, los autores se han basado en una serie de datos. En primer lugar, que entre 1960 y 2019 fueron diagnosticados con ELA 38 jugadores de la NFL (la liga nacional de fútbol americano de Estados Unidos) y 28 murieron de la enfermedad, de entre los 19.423 que participaron en la competición. Esto implica que, en esta cohorte, el riesgo es cuatro veces mayor que entre los hombres de la población general.

En segundo lugar, aquellos que desarrollaron la enfermedad tenían, de media, una trayectoria profesional más larga que los que no la desarrollaron.

Y, en tercero, que los jugadores que desarrollaron ELA, de media, lo hicieron bastante más jóvenes de lo que es habitual en la población general. Concretamente, de media el cuadro apareció a mediados de la cuarta década de vida (con treinta y pocos años).

En busca de la verdadera causa

El estudio es observacional, con lo que se basa en datos estadísticos y no busca, por tanto, una relación causal entre la práctica del deporte y la incidencia de la enfermedad. Es decir, que no aporta evidencias de que jugar al fútbol americano de manera profesional cause la enfermedad, sino que expone que quienes lo hacen tienen mayor riesgo de desarrollarla.

De hecho, los propios autores subrayan que en esta clase de investigaciones siempre existe la posibilidad de que exista un factor no tenido en cuenta que pueda estar distorsionando los resultados, como la historia familiar o la exposición a determinados químicos.

Con todo, los autores especulan que el eslabón entre las dos circunstancias (jugar al fútbol americano y desarrollar ELA) podría estar en los daños cerebrales por traumatismos en la cabeza, comunes en los deportes de alto contacto como el fútbol americano o el rugbi.

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