Han pasado exactamente 332 días desde que a finales de abril de 2021 se produjese el estallido de la crisis diplomática en las relaciones entre España y Marruecos que culminó un mes después con la llamada a consultas de la embajadora marroquí en Madrid, Karima Benyaich, cuya vuelta este domingo a la capital española cierra el capítulo de tensiones entre ambas naciones después de que el Gobierno haya dado su apoyo a la propuesta del país africano en el conflicto del Sáhara Occidental. 

Fue el aterrizaje en territorio español de Brahim Ghali, líder del Frente Polisario y defensor de la autodeterminación saharaui, y su ingreso hospitalario en La Rioja bajo un nombre falso, la gota que colmó el vaso en la diplomacia entre Madrid y Rabat, que ya habían vivido momentos de tiranteces por la reclamación de la soberanía de Ceuta y Melilla por parte Marruecos, entre otras cosas.


Sánchez y Mohamed VI.

El gesto español se recibió en el estado vecino como un desplante gravísimo a su país, pues se estaba ofreciendo asistencia médica a su principal opositor, al mismo tiempo que Argelia, respaldo más importante del movimiento que abandera Ghali, lo agradecía. El Ejecutivo español justificó su decisión amparándose en que se debía a «cuestiones humanitarias», una razón que no terminó de convencer a Rabat, que pidió explicaciones al embajador español, y dejó las relaciones bilaterales en su punto más bajo.

Apenas un mes después, la frontera de Ceuta vivía una de las peores crisis migratorias que se recuerdan en territorio español. Alrededor de 10.000 personas, según las estimaciones oficiales, accedieron a la provincia española de manera ilegal ante la relajación de las medidas en política migratoria de Marruecos, y el Gobierno se vio obligado a desplegar al Ejército para contener el flujo de personas que intentaban cruzar, advirtiendo al país africano de que defendería la «integridad territorial con los medios que sean necesarios».

Benyaich abandonó Madrid en las 24 horas posteriores, lo que escenificaría el primer indicio de ruptura entre ambas naciones a pesar de haber trabajado codo con codo en las siguientes jornadas para garantizar el retorno de la mayor parte de los migrantes.


La embajadora de Marruecos en España, Karima Benyaich.

Su vuelta este domingo a la capital cierra el círculo y escenifica que las relaciones entre España y Marruecos vuelven a gozar de buena salud, tal y como confirmó el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, que hizo hincapié en que las dos naciones han alcanzado un acuerdo que «redunda en la estabilidad, la integridad territorial y la prosperidad», basado en el «respeto mutuo» y la «ausencia de acciones unilaterales», y cuyo principal punto es la nueva postura española en el conflicto del Sáhara.

«Se abre una nueva etapa» que será «importante», ha declarado la embajadora marroquí en su regreso, y ha aprovechado para recordar que «las crisis sólo se producen entre aquellos que somos familia» y España y Marruecos «somos países hermanos».

De la reconciliación con Marruecos al distanciamiento con Argelia

Las tornas ahora han cambiado por completo. El cambio de postura del Gobierno español en la cuestión saharaui en favor de Rabat ha motivado su reconciliación con la nación marroquí, pero ha provocado el distanciamiento con Argelia, que ha llamado a consultas a su embajador en España.


El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez; el rey Mohamed VI de Marruecos; y el presidente de Argelia, Abdelmadjid Tebboune.

El Gobierno mantiene que Argel, principal proveedor de gas a nuestro país, sigue siendo un «socio estratégico, fiable y amigo», ha subrayado la portavoz del Gobierno, Isabel Rodríguez, unas declaraciones similares a las de Albares, que este sábado recordó que el «gaseoducto que une a España y Argelia puede poner todavía más en valor, incluso geoestratégicamente», la alianza de ambos países.

De momento, Argelia no ha tomado ninguna decisión sobre el transvase de gas a Madrid, aunque sí se ha pronunciado para mostrarse «muy sorprendidos» por el «brusco giro» de la postura española y calificarla como la «segunda traición al pueblo saharaui».

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