El otro día Luz Mellado confesaba en su cuenta de Twitter estar jodida tras verse en un programa de televisión. Había participado en una mesa llena de mujeres, con argumentos sólidos sobre cómo son las relaciones femeninas, sobre cómo nos comportamos, pero daba igual lo que había dicho: verse con ojeras y mal aspecto le habían dejado, según sus palabras, «jodida». Y confesaba que no le gustaba sentirse así, que admitirse a sí misma que nuestro aspecto pesa más que los argumentos era una confesión que dolía.

Y cuánta razón tiene. Cuánto que aprender nosotras, solo de nosotras, de cómo nos castigamos cuando tenemos un mal día, cuando nuestro pelo, nuestro maquillaje o nuestro vestuario no nos convence, cuando sencillamente no te ves. Has salido deprisa y corriendo de casa o has dormido de pena, y ese día, te pongas lo que te pongas, no hace que mejore nuestra percepción. Te miras en el espejo y lo que ves no te gusta. Pues bien, añádanle a eso ponerse delante de una cámara y que te juzguen miles, millones de personas.

Verse bien y ofrecer una imagen cuidada, ajustada a determinados cánones, parece una exigencia ineludible solo en nosotras

Su mensaje en redes tuvo cientos de respuestas, la mayoría de mujeres que se sentían como ella… luego estaba el odiador profesional de Twitter, ya saben. Pero fue significativo cómo tantas y tantas mujeres admitieron que esos complejos nos persiguen a todas. Que verse bien y ofrecer una imagen cuidada, ajustada a determinados cánones, parece una exigencia ineludible solo en nosotras.

El otro día los psicólogos contaban que están teniendo cada vez más consultas entre adolescentes que sienten pánico ante el momento de tener que quitarse las mascarillas: pensar en ese momento en el que tendrán que desvelar su auténtico aspecto les da miedo, se sienten inseguros. La mascarilla les ha servido de parapeto durante dos años en uno de los momentos más complicados de su adolescencia: cuando necesitan reafirmarse quiénes son. El problema es que, en nuestro caso, eso lo seguimos arrastrando en la edad adulta y seguimos con los mismos miedos, las mismas inseguridades y sin parapetos tras los que escondernos.

Nos hemos impuesto una perfección tan irreal que no sabemos ni identificarla. No lo cuestionamos ni siquiera 

Nos hemos impuesto parecer lo que no somos, parecer que no pasan los años por nosotras, que no hay canas, que tu cuerpo no cambia, que las arrugas no asoman conforme vas sumando preocupaciones, estrés y falta de sueño. Nos hemos impuesto una perfección tan irreal que no sabemos ni identificarla. No lo cuestionamos ni siquiera: sabemos que existe, impuesta por otros o por nosotras mismas y con eso nos basta. Y aquí no hay que echar la culpa a las redes, a las apps, o a las modas. Aquí la culpa la llevamos nosotras mismas, con nosotras mismas. Cuidarse está bien, es necesario desde luego, y animo a hacerlo, hacer todo aquello que te haga sentir mejor, pero también es necesario admitir que cada uno somos diferentes, imperfectos, y al mismo tiempo únicos. Y que asumirlo nos hace más fuertes.

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